Una vez escuché de un maestro que tuve la siguiente frase:
«El que puede, lo hace; y el que no, lo enseña»
Se trataba de un hombre mayor (no mencionaré su nombre) que se había dedicado a la música, que había pisado muchos escenarios durante muchos años, y que una vez retirado, se dedicaba a enseñar. Con esa frase se refería a los músicos que, a pesar de conocer su instrumento y poder tocar bien, se dedicaban a la enseñanza porque no podían hacerlo como intérpretes musicales.
El que puede, se dedica a tocar. El que no, se dedica a enseñar.
En ese momento pensé que tenía toda la razón. La frase tenía todo el sentido para mi. Si tu formación y tu esfuerzo te permiten estar en los escenarios, no dedicas tu tiempo a la enseñanza. No lo necesitas.
Además, la experiencia de mi maestro le respaldaba. De todos los colegas que él conocía que se dedicaban a la enseñanza, apenas pisaban los escenarios. Y los que sí se dedicaban a los escenarios, apenas enseñaban.
Cuando pasó el tiempo y tuve más experiencia. Cambié de opinión.
La elección, la clave
Despues de dar por válida esta frase, analicé mi propia situación y mi forma de pensar.
Sí, yo era pianista y cantante. Pero apenas me habían pagado por actuaciones o por bolos. Había tocado, pero mis principales ingresos provenían de la enseñanza. Era obvio que no podía dedicarme al piano, o a la voz, y que era más fácil para mi ganar dinero enseñando.
Luego empecé a analizarme mejor. Si quisiera, podría dedicarme al piano, o a la voz. Podría, si tomara la decisión y empezara a hacer lo que hacía falta. Dedicarle más horas y moverme mejor.
Pero no quise. Descubrí que no quería dejar mis clases, que no lo hacía solo por la comodidad de un dinero que ya me llegaba más o menos habitual. Me di cuenta de que también lo hacía porque me encantaba la sensación de ayudar a otra persona a moverse por los entresijos del sonido y de la música. Disfrutaba de la sensación de ver la cara de un niño descubriendo algo, y disfrutando de la música.
No me dedicaba a la enseñanza porque no pudiera dedicarme a la interpretación. Porque llegado a este punto, yo estaba convencida de que podría hacerlo. Lo hacía por elección. Yo había elegido dedicarme a ello.
El menosprecio de la profesión
Antes de darme cuenta de eso, solía menospreciar lo que hacía, dando a entender que lo hacía por dinero, hasta que encontrara algo que fuera realmente mi profesión. Cuando alguien me preguntaba a qué me dedicaba, solía contestarle algo así.
«Bueno… sobrevivo a base de clases particulares de piano.»
Esto era, claramente, una forma de dejar por los suelos mi actividad profesional. De hecho, esta frase deja claro que ni siquiera la consideraba una actividad profesional. Estaba buscando otra cosa, como musicoterapeuta, o como pianista. Pero la enseñanza no era una opción profesional.
Luego, cuando tuve el título de musicoterapeuta en mis manos, y tuve la oportunidad de trabajar de ello, tampoco lo hice.
Empecé a considerar dedicarme a la enseñanza, siempre por mi cuenta ya que había tenido malas experiencias trabajando para otras entidades. ¿Pero era posible?
Me di cuenta de que trabajar enseñando era tan válido como ser músico. Era igual de importante, de bonito, y de especial. Si a mi me lo parecía, ¿por qué la menospreciaba?.
Evidentemente, se trataba de creencias que había asimilado a lo largo de mi carrera musical. Creía que si un músico no toca en los escenarios no es un músico.
Y pensaba que el resto pensaba lo mismo. Que no tenía valor lo que hacía.
Y pensaba que me juzgarían por ello. Sobre todo los músicos que sí que se dedicaban a la intepretación musical.
Ahora no creo todo eso. Dedicarse a la enseñanza no era un paso atrás, no era algo que hacía por comodidad. Lo había elegido. Quería dedicarme a ello.
Una vez entendido esto. Mi discurso cambió cuando alguien me preguntaba cual era mi profesión.
«Soy maestra de piano»
Y se ha de decir con la cabeza alta, sobre todo delante de un músico. Porque lo que yo hago es tan válido como lo que hace cualquier otra persona. Estoy ofreciendo valor. Intento cada día que sea de calidad, e intento cada día que valga la pena cada clase, cada impacto, cada enseñanza, cada alumno.
Igual que haría un intérprete.
Soy una profesional, igual que un intérprete.
La enseñanza es una opción tan bonita, importante y válida como cualquier otra. Si la eliges, no dejes que ni tu mismo, ni otros, consideren que no vale lo mismo que la interpretación. Hazte valer.
Y si te dedicas a la enseñanza, pero en realidad quieres dedicarte a la interpretación. Mucho ánimo, sigue con ello, no abandones. Puedes conseguirlo.
Y aprovecha tu periodo como maestro para aprender como músico. Si prestas atención, te sorprenderá lo que puede llegar a aportarte.
¿Y tú? ¿Cómo te sientes con respecto a tu actividad como maestro? ¿Crees que es suficiente?
Cuéntamelo en los comentarios
Si te ha gustado, suscríbete. Tengo más que contarte. ;)
Me ha encantado comprobar ,como exalumna de conservatorio,que hay gente que trabaja para cambiar esa metodologia tan debasradora para los músicos. Muchas gra ias!
Gracias a ti por tus palabras.