Hace una semana publiqué un artículo sobre Oscar y la composición. En él contaba cómo este niño de 8 años consiguió, a través de la composición, recuperar un poquito de ilusión por el piano.
Hoy quiero hablar de este recurso un poco más a fondo, contando cómo trabajo con él en mis clases.
La composición, para todos
Hay quien piensa que la composición musical es algo tremendamente complejo, que se ha de dejar a los grandes maestros y compositores, y que nosotros no somos nadie para componer. Que nosotros estamos para interpretar lo que ellos crean, y que si nosotros nos ponemos, lo haremos mal.
Pensando así, evidentemente, nuestros alumnos tampoco están preparados para componer. Sobre todo los niños.
Sin embargo, yo opino que la composición puede estar al alcance de cualquiera que se interese, siempre y cuando cuente con las herramientas adecuadas.
Componer es, según la RAE, «formar de varias cosas una, juntándolas y colocándolas con cierto modo y orden«. Llevada esta idea al campo musical, se trata de ordenar en el tiempo unos sonidos elegidos por nosotros, colocándolos de tal forma que nos resulten agradables, y dejarlos por escrito. Una creación propia.
En ningún momento se ha dicho que esa composición deba tener cuatro páginas de largo, varios instrumentos, armonía, indicaciones de articulación, matices, tempo… etc. Si tienes estas herramientas y las ganas, claro que puede hacerse. Pero no es necesario.
Basta con ordenar unos cuantos sonidos inventados, y dejarlos por escrito. ¿Bastaría con cinco sonidos?
Pues si.
¿Seguiría siendo una composición?
En mi opinión, si.
Dados estos parámetros, la composición se convierte en algo mucho más cercano, al alcance de cualquiera, incluso de los niños.
Buscando una idea musical
En primer lugar, necesitamos una idea musical. Algo que nos llame la atención y nos apetezca dejar por escrito para más adelante.
La improvisación juega un importante papel en este sentido. Habiendo practicado, es mucho más fácil inventarse algo. Jugando con el instrumento podemos dar con una sucesión de notas que, por alguna razón desconocida, nos es grata.
Esa es la idea musical que estamos buscando.
Necesitamos entenderla, ver el principio, y el final. Esto no siempre es fácil, como demuestra el caso de Oscar. Dependiendo del alumno, podemos ver que hay quien sí es capaz de encerrar una idea clara en la mente y sacarla, y hay quien divaga y le cuesta decidirse. Va saltando de una a otra y cuando se decide, tampoco parece ser la misma cada vez.
Una forma de cerciorarse de que la idea de tu alumno está clara (insisto, puede ser una idea muy simple de muy poquitos sonidos), es pedirle que la repita. Si al repetirla la idea cambia, o comete errores, es que no está del todo entendida. Le pediremos que la repita hasta que consiga dos repeticiones exactamente iguales, hecho que nos asegura que ha memorizado la idea musical, y que por tanto la tiene asimilada.
En este momento, yo suelo repetir esa la idea también, cerciorándome de que la entiendo. Puedes tocarla tu y preguntar inmediatamente «¿es esto?«. Si la respuesta es «si«, podemos empezar a escribir.
¿Quién escribe?
Busco una página de partituras en blanco (o la tengo lista desde el principio), y dependiendo de las herramientas aprendidas de mi alumno, puedes escribirla tu, o escribirla él.
Yo suelo preguntar: «¿Prefieres que la escriba yo, o quieres escribirla tu?»
La respuesta, si son niños y no tienen todavía un buen control del lenguaje musical, seguramente será «No, escríbela tu«. Esto refleja inseguridad en el lenguaje. No creen todavía en su propia capacidad para escribir correctamente, saben que tu tienes una letra «más bonita», y que se entenderá mejor si lo escribes tu. Esto no es malo, ni es pereza, ni falta de esfuerzo. Es símplemente sentido común. Todos preferimos primero ver cómo otros hacen las cosas antes de hacerlas nosotros, sobre todo si no tenemos claro cómo va.
Puede que te encuentres casos en los que tú sabes que tu alumno puede escribir las claves y las notas por su cuenta, pero no quiere hacerlo en ese momento. En el caso de Oscar, yo sabía que era capaz de hacerlo por su cuenta, pero ese día, bajo de motivación como estaba, no lo hubiera hecho. El poder escribirlo tu y colocar los detalles que él no tiene que pensar, hace que sientan más seguridad. Les hace centrarse realmente en la idea musical.
Más tarde, si la actividad de la composición cala y persiste, empezarán a escribir ellos, porque te habrán visto hacerlo. Con varias veces se darán cuenta de que no es tan difícil, y querrán hacerlo ellos. Oscar, más adelante, componía él mismo en clase, escribiendo sólo todo lo que quería en la partitura. Era increíble ver al niño apoyado en la mesa, dándose la vuelta cada dos por tres para tocar su idea musical, reconocer las notas en el piano, y volver a la mesa a escribirlas.
La idea musical al papel
En caso de que estés escribiendo tú, seguramente tendrás que averiguar el compás y el ritmo, para poder escribirla. Si es una idea sencilla y corta, en un minuto podrías escribirla entera. Pero yo nunca la escribo sin más. Siempre voy preguntando nota por nota, para que ellos vayan indicándome qué escribir. Es una forma de hacerles conscientes del proceso, de cada nota escrita en el papel. Reconocen la idea memorizada en el instrumento, y a partir de él, te dicen las notas.
Si tienen algo más de experiencia, puedes incluso preguntar si has de escribir negras, corcheas o silencios. Ve guiando, pero lo justo y necesario para escribir lo más fielmente posible lo que sonaba en su instrumento al definir la idea.
Puedes hacer que reconozca el ritmo, además de las notas. Palméalo tu, para asegurarte de que entiende por qué pones negras o corcheas (u otra figuración), o para entender realmente el ritmo el que él quiere.
Si al finalizar, hay sólo cinco, o seis, o pocas notas escritas, pero tu alumno está satisfecho, no pidas más. Ya está, habéis acabado. La idea musical está escrita. Que sea corta, no significa que no valga, o que no sea una composición.
A veces dejo la composición abierta, sin doble barra final, para que otro día, si él lo desea, pueda continuarla.
Colocando armonía
Dependiendo de la situación, y del alumno, propongo la armonía.
En caso de que tu instrumento no sea el piano, o la guitarra, o cualquier otro armónico, es evidente que esto no será tan fácil si no tienes alguno de estos instrumentos cerca que te guíen (si estáis en un aula con piano, podéis intentarlo).
Si están empezando o llevan poco tiempo, no sabrán lo que es la «armonía», asi que yo suelo preguntarles si quieren que su canción tenga acompañamiento.
Algunos, con un cierto oído desarrollado (como Oscar), son capaces de buscársela solos. Otros necesitarán de tu guía.
Si quieren acompañamiento, busca algo muy sencillo. Repito, muy sencillo. Redondas. Lo justo para que ellos se sientan cómodos tocando con ello. No busques nada enrevesado, y juega mucho con la tónica.
Toca, prueba, y pregunta si están cómodos con ello. No escribas nada que ellos no quieran, o no vean seguro.
En caso de que no quieran acompañamiento, no insistas. No quieren.
El orgullo de algo suyo
Cuando doy por terminada la composición, o más bien, tu alumno la da por terminada, es el momento de firmarla.
Lo primero es el nombre de la canción. Si no están acostumbrados a actividades que requieran imaginación, este simple hecho les cuesta un poco. Parece que no, pero es así. Otras veces lo tendrán clarísimo.
Si le cuesta, pregúntale a qué le recuerda cuando suena la melodía. En qué otra situación puede sentirse así, o encaja con la música. En este momento puedes aprovechar para trabajar la emoción de la melodía. ¿Qué sentimiento le evoca?
Te responda lo que te responda, respétalo. No des ideas, moldea las suyas. Si te dice algo que te resulta muy raro, da igual, preguntale si está seguro de ese título para esa melodía y escríbelo sin inmutarte.
Después, es importante que lo firme. Es suyo, la ha compuesto él. La melodía es suya, y por tanto debe firmarla.
La mayoría se sorprenden de este detalle. No se lo esperan. No parecen estar acostumbrados a permitirse el orgullo de crear algo propio que requiera autoría. Pero lo hacen, y el simple hecho de firmarlo hace que lo sientan sin miedo.
Hay una canción escrita, compuesta por ellos. Firmada por ellos.
Y para ellos. Se la quedan ellos. No se te ocurra llevártela. No es una tarea, es su canción.
La vergüenza
Recuerdo que una vez, estando con Clara, que la niña se me acercó, y me dijo con algo de miedo, en voz baja…
«Tengo una libreta donde a veces escribo cosas»
Me encantó que me contara eso, me ilusionó un montón, y enseguida le pedí que me lo enseñara, si ella quería.
Pero me quedé pensando en cómo me lo había contado. La niña estaba desarrollando una actividad creativa, que fomentaba su visión musical, su lectura, su práctica del piano, etc… y me lo había contado con el tono de voz del que confiesa bajo mano que comete ilegalidades.
Le daba vergüenza componer. Como si no estuviera permitido. ¿De dónde habría sacado esa creencia?
Tengamos presentes las creencias de nuestros alumnos, que pueden venir de otros profesores, o de nosotros mismos. No las dejemos pasar. Dejemos la confianza suficiente para que puedan expresarse con nosotros, de que busquen nuestra ayuda, y no crean que en la clase de instrumento no pueden componer las canciones que componen fuera. Que está mal.
El momento
¿Cuándo es el momento para proponer esta actividad? Depende de tu alumno, depende de si ha experimentado previamente el jugar con el piano, la invención.
Observa si entiende por encima la partitura, porque si no la entiende, no le verá el sentido a escribir música. Deja que te coja confianza, que se abra y tenga ganas.
O quizás te lo pida desde el principio, porque antes de que tu llegaras, ya lo hacía. Adáptate a sus medios, entonces, y ayúdale a mejorarlos.
Puede que algunos quieran ponerle letra.
Puede que otros sólo quieran ponerle armonía a una letra.
Puede que algunos inventen sin problemas, pero no le vean sentido a escribirlo, y no quieran hacerlo.
Prueba, pregunta, investiga, pero no pidas lo que no puede o quiere dar un niño o un alumno en cada momento, porque puedes conseguir que se agobie, y nunca más quiera componer.
Y respeta siempre sus ideas, valen tanto como las tuyas.
Has probado alguna vez este tipo de recurso en tus clases? Cómo te ha ido? Cuéntamelo en los comentarios.
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Hola Rocío, te cuento que una vez pedí de tarea a un niño de 10 años que compusiera una pequeña melodía, usábamos también el libro «Enseñando a tocar a los deditos»,en el que habíamos tocado unas 5 piezas, y le dije que estaba listo para hacer sus propias composiciones tomando como ejemplos los temas que ya conocía: sobre una fiesta de cumpleaños, un arrullo, sobre el beis bol, etc. Y el resultado fue su composición con sonidos muy graves y empleaba muchos semitonos y disonancias, su composición se llamaba «Dinosaurios». Y me decía con mucho entusiasmo que luego me iba a tocar otras que había compuesto. Me sorprendí porque sí, instintivamente usaba estos sonidos que sin ayuda buscó y logró encontrar en el piano, y yo me maravillé. Es una maravilla todo lo que hay adentro de esas cabecitas de los niños y que a veces se empiezan a limitar y bloquear poco a poco con las clases de piano enfocadas al solfeo, que es muy importante, así como también lo es la expresión y la creatividad.
Una vez más gracias Rocío por hablar de estos temas que nos hacen reflexionar acerca de nuestra práctica.
Gracias Sara, por tu comentario.
Los niños saben que hay más piano más allá de las 9 o 10 teclas que enseña ese libro. Si los dejas, algunos se empeñan en tocar todas y cada una de ellas, o incluso contarlas. Tienen ganas de explorar, y por consiguiente, les es muy sencillo inventar. Nunca, por ser niños, debemos subestimarles.
Un saludo Sara. ;)