En una de mis clases, Pau estaba tocando una obra complicada, de Chopin (creo, no lo recuerdo bien, pero no es importante). La estaba disfrutando, había algo especial en el ambiente.
Yo también la estaba disfrutando. Y al mismo tiempo, pendiente de las cosas que podía mejorar, para decírselas después.
Espero a que acabe. Interrumpir cualquier interpretación me parece irrespetuoso.
Por fin, acaba.
Y en ese pequeño silencio que hay tras irse del todo el último sonido, llevo el sentimiento que ha dejado en la habitación a mi cabeza, al mundo racional…
…parando así por fin esa charlatanería de pensamiento técnico musical, totalmente fuera de lugar, haciéndome consciente de lo que había pasado en realidad.
Tomo una decisión, y tras unos segundos le digo:
«Podría decirte muchos detalles sobre la ejecución, pero sé que no quieres oírlos»
Pau me mira y me sonríe.
Me callé del todo mi charlatanería técnica musical.
La emoción necesita ser protagonista
No recuerdo cuánto hace de esto, pero lo recuerdo bien. Estuve a punto de romper esa magnífica magia que él había creado, diciéndole todas las tonterías que cabría mejorar. Porque no estaba perfecta. Pero, afortunadamente, no lo hice.
Le daba igual que no estuviera “bien del todo”, y a mí también. La obra había cumplido su objetivo y su función. En ese momento, era perfecta.
Eso no quiere decir que no quiera decirles a mis alumnos todas las cosas técnicas que necesitan mejorar. Lo hago. Lo hago siempre. Pero hay veces que sencillamente no se puede hacer.
Pau estaba tocando y transmitiendo algo especial. Estaba soltando algo. No estaba tocando para enseñármela, ni para que le dijera si estaba bien o mal. Estaba tocando para él.
Puede que ni se diera cuenta.
Había un punto emocional muy potente. Romper aquello al final sólo para decirle nimiedades técnicas habría mandado al garete sus necesidades emocionales, su expresión, y su relación con el piano.
El no quería oírlas. No en ese momento.
Y agradeció que supiera darme cuenta.
Hemos de aprender a ver esto. La música está ahí para la emoción, para una expresión, para el arte. Nunca está al servicio de la técnica. La emoción nunca ha de estar en segundo plano.
Nunca se la ha de dejar a un lado en plan “mola que la hayas disfrutado, pero ahora vamos a ver ciertos detalles”, como si lo más importante fuera lo que tú le tienes que indicar, y no lo que ha sentido. No es así.
Lo importante es esa vibración interior. No necesita conocer los detalles para disfrutarla más.
Y no es fácil de ver, no es fácil de hacer. No es fácil callarte todas las cosas técnicas que has visto para darle protagonismo al sentimiento. A su sentimiento. No es fácil dejar de ser el protagonista.
Pero no era la primera vez que Pau tocaba así. En realidad, Pau siempre toca así. Pau siente por sus poros todas las obras que toca. Las disfruta.
Normalmente cuando acaba, espera una valoración, o una guía para continuar trabajándola sin posibles fallos de los que él solo no pueda darse cuenta. Quiere esos detalles que están en mi cabeza porque quiere tocar mejor cada día.
Pero ese día no. Ese día necesitaba a Chopin de otra forma. No quería saber nada de su técnica.
¿Cómo darse cuenta?
Necesitas conocer a tus alumnos. Yo siempre empiezo mis clases con la típica pregunta “¿Qué tal?”o, “¿qué tal la semana?”
No es algo cordial (bueno, también), realmente quiero que me cuenten por encima cómo les va. Suelen contestarme con el típico “bien”, y aunque no me lo cuentan todo, a veces un simple gesto de la cara puede darme pistas para averiguar cómo se sienten ese día.
Yo sé que Pau, por ejemplo, que estudia una carrera muy exigente en la universidad, en época de exámenes necesita un té y tocar cosas de hace años, más que averiguar qué falla con Debussy.
Hay una confianza ya trabajada. Me conoce, y yo le conozco. Y eso hace que me dé cuenta de que ese día no quiere escuchar valoraciones técnicas.
Observa a tus alumnos, crea un vínculo. Da espacio a lo que necesitan cada día.
La verdadera escucha
Algo que también nos cuesta, además del vínculo, y que creo necesario si quieres que tus alumnos también entiendan esto de lo que estamos hablando, es superar todas esas creencias relacionadas con la expresión de la emoción.
A veces, con el respeto de la misma.
No nos enseñaron cómo va eso de escucharse a uno mismo, escuchar las emociones reales, y mucho menos escuchar las del otro.
Quizá a cuidar del otro sí, pero no a escuchar de verdad.
Nos sentimos muy vulnerables en estos casos. Inconscientemente nos hace sentir débiles, blancos fáciles para que alguien nos haga daño.
Y creamos coraza.
Todos la tenemos, más fina o más gruesa, pero todos la tenemos.
Otra cosa es que todos seamos conscientes de su grosor, y de cuándo sale.
Muchas veces, esta coraza que protege los sentimientos y las emociones, que nos hace difícil la expresión y la escucha, aparece en nuestras clases de instrumento.
Queremos que sientan lo que tocan pero… ¿se lo permitimos realmente cuando esto pasa? Enseguida pasamos a hablar y al mundo racional de los matices, la lectura musical, el ritmo adecuado y la intensidad “correcta”.
No sabemos qué hacer cuando un alumno, delante de nosotros, hace acopio de valor para sacar todo lo que lleva dentro y volcarlo en esa obra, tocándola de forma imperfecta. Nos da miedo abrirnos también, y hacerle ver que ahí está todo el poder de la música. ¿Qué decirle?
A veces, ni siquiera nos damos cuenta de que eso está pasando. Y algunos hasta interrumpirían la interpretación a mitad sólo para corregirle.
Nos vamos a nuestra zona de confort, a explicar los detalles que necesita mejorar.
Si te pasa esto, empieza por ser consciente de ello, y después, por empezar a trabajarlo. Hay mil y una formas para trabajar tus sentimientos y abrirte. Tu instrumento es una de ellas…
Pero eso lo dejo para otro post. ;)
Nunca te olvides del verdadero propósito de la música.
No sólo por ti, por tus alumnos.
¿Te ha pasado esto alguna vez? Cuéntamelo en los comentarios.
O comparte si crees que este pequeño, espinoso tema, necesita ser leído por alguien ;)
Deja una respuesta