Esta pregunta me la hizo Clara (9 años) hace un año o así. Se refería a una partitura en concreto de un libro que tenía. Era una canción que le gustaba, y quería tocarla en clase.
“¿Puedo tocar ésta?”- Me preguntó
“¡Claro!”
Esa pregunta me dio qué pensar ese día… no recuerdo si lo hablé con ella en ese momento, justo después de que tocara. (A veces, si viene al caso y el alumno tiene la suficiente confianza conmigo, les explico ciertas cosas a raíz de mis reflexiones).
La reflexión
¿Por qué una simple pregunta inocente puede hacerme reflexionar tanto? No parece ofensiva, ni rara, ¿verdad? Es algo normal que una alumna le pregunte a su maestra de piano si puede tocar tal canción en clase. No pasa nada…
Sí pasa. No es nada grave, pero había algo que a mí me hacía pensar…
Esta pregunta implicaba unas creencias, una conducta, una forma concreta de ver la clase de instrumento y una forma de verme como profesora.
Implicaba, de entrada, que ella había entendido algo que yo intentaba explicarle desde hacía tiempo: que podía elegir. Que podía optar por lo que le gustara, y que podía hacerlo también en clase.
Pero también implicaba que ella en el fondo creía que no era totalmente libre de tocar lo que le apeteciera en clase, que todo lo que ella tocara, o quisiera tocar, había de pasar previamente por mi supervisión.
Porque, si sabía que podía plantearse tocar algo distinto (yo misma se lo había dicho), ¿por qué lo preguntaba?
Lo hacía porque creía que yo aún podía decirle “no, esa no”, y que tendría que acatarlo sin rechistar. Posibilidad completamente factible.
Estaba pidiendo permiso a la persona que manda.
Había entendido que podía ser libre, pero no lo había asimilado.
Yo intento inculcar a mis alumnos el sentido de la libertad en la música y el instrumento. Tratándose de niños integrados completamente, por lo común, en un sistema de enseñanza poco dado a esto, es difícil de entender para ellos.
Asumir libertad es un proceso complicado. Si has estado encerrado mucho tiempo, haciendo lo que te mandan, y un día te dicen que puedes hacer lo que quieras, lo primero que haces es preguntar “¿Seguro?”. No te fías.
Te planteas hacer algo… y te preguntas a ti mismo: “¿Podré hacer tal cosa?”, y se lo preguntas al mismo que te ha dicho que supuestamente tienes libertad, “¿puedo hacer tal cosa?”.
“¿Puedo tocar ésta?”
Esa pregunta implica una creencia de libertad a medias. Clara no tenía la confianza suficiente como para decidir, sin pasar por mí primero.
Sin embargo, a pesar de no ser lo que yo considero lo ideal, era una fase necesaria para ella. Al menos, se había planteado preguntar, y eso, tratándose de Clara que nunca preguntaba nada, era un grandísimo logro.
La observación
La observación del alumno es algo que aprendí en magisterio y asimilé como musicoterapeuta. La creo necesaria en cualquier profesión, pero considero que en la de maestro, más todavía (quizá es porque barro para casa). Un maestro trata con niños, con personas formándose. Un niño es totalmente influenciable, lo aprende todo, aunque no sea consciente de lo que aprende.
Eso que aprende formará parte del adulto de dentro de años, y ese adulto formará parte de nuestra sociedad.
Por eso, es importante que los maestros seamos conscientes de qué aprenden los niños que están con nosotros. Y los maestros de instrumento no son una excepción. Tu trabajo afecta al futuro de otra persona, o personas. Es una responsabilidad enorme.
Una simple pregunta, un comentario, una acción, un gesto… pueden dar mucha información si sabemos mirar. Y esa información nos permitirá saber qué está asimilando, qué necesita un alumno, y qué tenemos que ofrecerle en consecuencia.
Nos permite saber cómo nos ven, y qué rol asocian a nosotros. Puede que sea un rol autoritario, o que no te tengan en cuenta para nada. Preguntarlo directamente a un niño muchas veces no te dará la respuesta que esperas, pero la observación analítica sí puede dártela.
Analizar la pregunta de Clara me hizo darme cuenta de que debía trabajar más para conseguir que se sintiera cómoda y pudiera entender que la responsabilidad de aprender era suya, y con ella, tendría libertad.
Observa cómo se sienten contigo, observa qué hacen, qué tocan, qué te dicen, qué te preguntan, cómo te miran, si te miran… todo puede ayudarte.
El granito de arena
Afortunadamente, hay cosas que han cambiado en un año.
Otra alumna, Emily (11 años), me hizo ayer la misma pregunta de forma totalmente distinta:
“¿Me ayudas a tocar ésta?”
Esta es una pregunta que no tiene nada que ver. Ésta implica otras cosas, mucho más acordes a mi filosofía como maestra de instrumento. Implica que ella ha asumido que tiene el control de su aprendizaje, que puede elegir, que ya lo ha hecho, que su intención es tocar esa partitura.
Y que sabe que yo estoy allí para ayudarla, no para aprobarlo ni para dar mi visto bueno.
No está pidiendo permiso. Está pidiendo ayuda.
Significa que he conseguido que aprenda que ella es responsable de su propio aprendizaje, no yo, y que yo estoy como guía y apoyo. O por lo menos, es un indicio de que lo estoy consiguiendo.
Por supuesto, esto ha llevado tiempo y es mucho más fácil en un contexto individual que grupal.
Pero puede conseguirse. Tú puedes conseguirlo.
Es un granito de arena.
Cuéntame qué opinas de esto, me interesa. ¿Cómo analizas tu labor?
Comparte si te gusta, y si te gusta más, suscríbete. Tengo más cosas que contar.
No tengo ni idea de música, ni soy maestra, pero este post me ha parecido muy bueno e interesante para cualquier persona que quiera educar (educar de verdad, no tener soldaditos que hagan lo que un@ quiere).
Enhorabuena.
Gracias Loli! El tema de la educación es un tema que me encanta, y por supuesto, abogo por una educación que fomente la curiosidad y la exploración más que el «aprende lo que yo te diga que aprendas». No creo que podamos encontrar esto en escuelas tradicionales, una de las razones por las que decidí no estudiar oposiciones. Afortunadamente, estan empezando a surgir escuelas alternativas…