Hay ciertos alumnos, todos tenemos de esos, que sabemos que no tocan, que no quieren estar ahí. Que ponen excusas para decirte que no han tocado, y que te preguntas qué hacer, porque todos sabemos que unas clases sin práctica detrás no llevan a avanzar.
En mi caso es María, una mujer jubilada.
Aún me sorprendo cuando me llama. Siempre pienso: “¿Cómo es posible? ¿Por qué me llamas? No quieres tocar, acéptalo. ¿Qué pinto yo allí?”. Nunca se lo digo, por supuesto…
Pero le busco un hueco y voy. Me planto allí. Me siento a su lado a ver cómo toca despacio y a trompicones las mismas canciones de hace tres años. Ala… venga… toca. Vigilo errores… y poco más.
Por supuesto, no le apetece que le plantee otras alternativas musicales. Ella está cómoda donde está.
Ella no quiere nada más. Tampoco quiere más canciones. Las que tiene le gustan, y aunque se las diera, no las tocaría.
O le resultarían muy difíciles, o se quejaría porque llevan clave de Fa.
“Uf, es que la clave de Fa es muy complicada, y yo no puedo aprendérmela”. Así que muchas de las canciones que tiene, se las he adaptado yo, para que pueda leer en clave de sol con clave de sol.
A ver en qué estúpido momento me pareció a mí una buena idea mantener semejante plan: adaptarle las canciones para quitarle la clave de fa. Es como masticarle la comida a un adolescente. En su día lo hice. Perdí un tiempo precioso adaptando y escribiendo a mano canciones para alguien que no iba a tocarlas, ni a apreciar el esfuerzo, porque estuvieran como estuvieran, lo más seguro es que se quejara de que son muy difíciles.
Me da la sensación de perder una hora de mi tiempo cada vez que voy a “darle clase”. Digo darle clase por decir algo, porque yo allí lo que hago es mirar y vigilar los errores de siempre. No aporto nada. Y da igual que le diga cual es la solución (tocar más) porque ella la sabe y ambas sabemos que no lo va a hacer.
Pero me sigue llamando. Antes, cada 15 días. Ahora, una vez al mes.
Sí, toca sólo una vez al mes, conmigo.
No tiene horario, como decía, le busco huecos.
Al menos, ya no le adapto canciones. No, ya no pierdo el tiempo en eso.
Y pasa el mes, y cuando ya creo que se ha olvidado de mí… me llama. ¿Por qué? ¿No se cansa de tocar lo mismo? ¿No le parece absurdo pagar (porque me paga) por tenerme allí mirando?
Además, hay otra cosa que da rabia. Y es que se le da bien. Se le da bien la lectura y el piano. Tiene también una habilidad heredada de alguna época de hace treinta años cuando también le dio por aprender. Si quisiera, avanzaría rápidamente.
Yo se lo he dicho. Evidentemente.
Pero no toca.
Porque hay ciento veinte excusas para no tocar…
… no tengo tiempo… (la más popular)
… es que la niña… (su nieta de 6 meses)
… es que mi marido… (se ve que no le gusta el piano; ni dejar de ver la tele, que comparte espacio con el instrumento en el salón, para que ella pueda tocar)
… estoy saturada…
…etc…
No lo entiendo. Tampoco entiendo que sigamos dando clase en un piano desafinado, con algunas teclas que requieren ser levantadas después de tocarse, para que puedan volver a sonar (¿¿??).
Y te preguntarás… ¿por qué no llama al afinador?
Coge las excusas anteriores y súmale una relacionada con el dinero.
Pero yo sigo yendo allí a su casa. Con mi mejor sonrisa y mi material, dispuesta a pasar una hora con ella para lo que necesite.
“¿Qué tal?”
“Uf, nena, pues no sé… tengo la cabeza…
… las migrañas…
… es que esta luz…
… la espalda…
… la vista…
… un cansancio…
… el catarro…
… el sonido del reloj… (se ve que no aguanta el tic-tac de su propio reloj, y siempre lo tapa o lo esconde)
… me vas a reñir…”
“Ya sabes que yo nunca te riño.”
Y así es. Nunca le riño. ¿Para qué? Ya es mayorcita, ya sabe lo que hay. No voy a perder tiempo ni energía convenciéndola de que tiene que tocar más. Si no avanza, ya sabe por qué es.
Yo siempre digo que cada cual ha de poner la música en el lugar que considere en su vida. Los que realmente quieren aprender, tocan. Los que no, no tocan, y dedican ese tiempo a otra cosa que les apetecerá más. Fin.
Yo no soy quien para convencer a nadie de nada, porque es privilegio de cada uno vivir su tiempo.
No toca. Pero me sigue llamando.
Y yo voy.
¿Y por qué?
Jamás le dije que debería dejarlo. Ni lo haré. No me corresponde a mí esa decisión. No me corresponde a mi opinar si debe seguir o no. Porque yo estoy para acompañar a mis alumnos, para atender a lo que necesiten, no para tomar esas decisiones por ellos.
Y ella me necesita. Si me llama, y está dispuesta a pagarme, es que me necesita.
Y yo voy.
Nunca le he dicho que no tiene sentido todo esto, aunque para mí no lo tenga. No me atrevería. Porque está claro que para ella sí tiene sentido que yo siga yendo a “darle clase”.
Y, a pesar de no haberle dicho nunca: “María, déjalo, no estás tocando ni lo harás”, ella ha leído mi pensamiento, y más de una vez me ha dicho, sin venir al caso:
“Es que no me lo quiero dejar. Estoy empeñada”
O…
“Es que este ejercicio de los dedos y la coordinacion me viene muy bien para la cabeza”.
Tiene sus razones para llamarme. Quiere que esté allí, con ella, mientras toca.
Se trata de un esfuerzo que ella hace una vez al mes con el piano.
Me llama, me paga, toca como puede y me despide hasta la próxima.
Es evidente que para ella tiene sentido. Y yo ahí no tengo nada más que decir.
Para mí es una cuestión de respeto. Ella, por encima de las presiones de su marido para que se olvide, toma esas decisiones y hace ese pequeño esfuerzo por su cuenta. Sin que nadie la obligue. Toma sus decisiones, y como tal, deben ser respetadas.
Y aunque por mi cabeza pasen cientos de pensamientos de sinsentido para mí, jamás se me pasará por la cabeza juzgarla, ni decirle que lo deje.
Porque, el que yo no entienda a esa mujer, el que yo no entienda su conducta, no me da derecho a tomar decisiones por ella, ni a enfadarme porque no hace lo que yo considero/creo que es normal, ni porque no hace lo que a mí me gustaría.
Porque puede que sea una simple excusa para tener compañía mientras toca, para que alguien la vea tocar de vez en cuando sin expresar indiferencia. Para que alguien no le diga lo mal que lo hace mientras toca, ni le diga el sinsentido que supone hacer eso para no llegar a ninguna parte. Cosas que seguramente le diga su mente (u otras personas, quien sabe).
Puede que necesite a alguien con paciencia para estar a su lado con el piano durante una hora.
Por eso no me siento con derecho a decirle: “No vuelvas a llamarme, María, porque esto no tiene sentido”. Me parece violento hasta escribirlo.
Ella me necesita. Me quiere allí, con ella y con su piano. Por eso me llama una vez al mes. Y yo no soy quien para decirle que eso no tiene sentido.
Así que allí estaré, un mes más, respondiendo a su llamada.
¿Y tú? ¿Sueles tener este tipo de alumnos? ¿Son adultos o niños? Cuéntame cómo trabajas con ellos en los comentarios. Me encanta leerlos. ¿Alguna vez les has dicho que lo dejen? ¿Te lo han dicho a tí?
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Guapa, como sabes no tengo alumnos, pero me ha encantado tu relato, porque Maria puede que este «estancada» en algo y no quiera avanzar, pero tal vez eso que hace de vez en cuando, puede ser lo mejor que le pasa cada mes. No sabemos cómo vive cada quien y qué es lo que le mueva por dentro. A veces creemos que las personas están estancadas o que no quieren avanzar hacia «una meta», pero tal vez, hacer el intento ya es de por si para ellos un gran logro.
Genial preciosa, un abrazo :)
Exacto, Diana. Hemos de tener en cuenta tanto los grandes, como los pequeños esfuerzos. Gracias por tu comentario, guapa.
Un beso :)
Querida Rocio, yo también tengo una pequeña alumna de 8 años que solo toca cuando yo estoy a su lado, me pone muchos pretextos para no practicar, tarea del colegio, clases de futbol, clases de ingles, que la guitarra es muy grande para sus manitos, esto último lo solucioné comprando una guitarra para niños y dejandola en su casa, pero aun asi no practica lo suficiente, la verdad yo jamas le dije que dejara la guitarra. Haciendo una evaluación me parece que nuestros alumnos de este tipo nos ven como un Soporte, como alguien que les pone el 100% de nuestra Atención, para ellos somos alguien que se Preocupa y Empuja hacia Adelante. Entonces para ellos Somos imprescindibles, pues representamos a Alguien que Cree en ellos. Un Abrazo
Hola Milton. Buena apreciación.
En el caso de los niños, cuando pasa eso, suelo preguntarles si aún les gusta el instrumento. Nunca decirle que lo deje, pero sí preguntarle si aún le gusta. Hay ocasiones en las que realmente no les gusta, y no quieren estar ahí. Se trata de chavales que se sienten obligados, quizás por sus padres. Es necesario escuchar a estos niños también.
En el caso de chavales que no practican, pero dicen querer continuar, si, yo también creo que buscan apoyo, creer en ellos es lo mejor que podemos hacer.
Gracias por tus palabras, Milton. Un abrazo.