Esto es un escrito sobre una clase que tuve con Oscar ya hace tiempo. En ella trabajaba el recurso de la composición. Ya que tengo pensado hablar sobre este tema, me gustaría compartir esta historia primero.
Clase de Oscar (8 años), hace ya tiempo:
Su madre está de acuerdo conmigo: el niño estaba desmotivado.
Le propuse antes de navidad que se inventara algo con el piano, y cuando volviera yo se lo escribiría. Como una composición. Debió de olvidarlo, o quiso olvidarlo.
No quería venir a la clase, sentía que ya no hacía nada, que no sabía hacer nada… le faltaban objetivos, visión de futuro. Le faltaba una imagen propia a la que aspirar. Yo quería buscar algo que le hiciera ver que podía dar un paso más con el piano.
Oscar viene a la habitación del piano, donde solemos dar la clase, y empieza escondiéndose bajo la mesa, medio jugando. Muy propio de él. Enseguida se acerca, por su cuenta, al piano a mi lado mientras yo toco, y empieza a tocar él.
No ha perdido el amor por el piano, esas ganas de pulsar algo y hacer que suene. Eso aún lo tiene y lo busca. Sigue tocando mientras le hablo, como siempre, de igual a igual. La confianza que ya tengo con él le permite hablar. Lo que le pasa es que no le encuentra sentido a lo que suena.
“Me aburro”, me dice, “las cosas me salen mal”.
No sería la primera vez que dedico una clase entera a hablar con él, y llego a pensar que este será también el caso, pero no es así. Le propongo de nuevo inventarse algo y que yo lo escriba, y funciona.
No se resiste a intentarlo, pero desde luego no se entusiasma.
Mientras yo busco una hoja de pentagramas en blanco, las manos de Oscar no dejan de tocar. Está lleno de ideas hasta la médula, inspirado en canciones que escucha, muy actuales y comerciales. No deja de tocar… todo ideas sueltas, sin centrarse en nada… pasando de una a otra como si nada le interesase. Su cara no demuestra admiración por nada de lo que suena. La mía sí.
Son ideas buenas, sonoras y resultonas. Sentidos musicales recién nacidos, con potencial de crecer… si él lo permitía.
Le enseño la hoja de pentagramas en blanco.
“¿Te parece bien?”. “Sí”, sin mucho ánimo.
Soy yo la que escribe lo que él toca. Hacerle escribir a él, pensar las notas, el ritmo… etc, tiraría por tierra la poca motivación que siente en ese momento.
Necesito que se centre en una sola idea para empezar a escribir. Intento hacerle ver la cantidad de ideas que están saliendo del piano.
“A mi me gusta lo que suena”, le digo.
Le pido que se centre en una de ellas. “¿Cuál te gusta?” Al final, con algo de esfuerzo, se centra en una pequeña idea machacona que le llama la atención.
Varía constantemente. Sin embargo, decirle que necesito saber dónde empieza y acababa la idea musical para poder escribirla hace que se centre.
Por fin, selecciona, enfoca y empezamos a escribir.
Yo aporto el compás y el sentido a la partitura. Intento copiarlo lo más fielmente posible a lo que él quiere, ritmo incluído. Afortunadamente, no se trata de algo muy complejo. Podrá leerlo más tarde si quiere sin problemas.
Me indica las notas. Cuatro compases escritos. Lo dejo abierto, y le pido que lo toque varias veces. Le gusta, pero no parece satisfecho del todo.
Probamos con otra idea. De nuevo, hago otro esfuerzo por hacer que se centre en una de sus ideas. Mientras la escribo, es capaz de identificar las notas que toca, y de entonarlas, fruto de un largo periodo de práctica pasiva, inconsciente. Ha aprendido mucho sin darse cuenta.
Suena otra melodía de cuatro compases, acabada en tónica (habilidad que también ha asimilado de tanto tocar conmigo), sigue inseguro, sin querer avanzar. Le buscamos armonía (él se la busca), y la escribimos.
Intento que le pongamos nombre a las dos canciones inventadas. No quiere. Al final, “Sin nombre 1” y “Sin nombre 2” le hacen gracia, y con ellos se quedan las canciones.
No está contento. Dice que sus canciones son una “caca” y que a nadie le van a gustar. Llamo a sus padres para que la escuchen, los cuales flipan con las canciones del niño.
”¡Me encanta!”, dice su madre.
Oscar parece muerto de vergüenza, le cuesta salir de sí mismo, se abraza a su madre en busca de cobijo, y aún mantiene la idea de que sus canciones no valen, de que a nadie le gustarán.
Pero la reacción de sus padres le ha ayudado mucho, y se atreve a decirle también a su tía, cuando aparece en casa, que ha compuesto dos canciones… con un atisbo de sonrisa.
Su madre me comenta después que ha observado miedo al fracaso en otros ámbitos. Nueva información, esto yo no lo sabía. Menos mal que también me llevo bien con la madre.
Le planteo a Oscar, cuando me voy, que practique lo que tiene, que se puede ampliar o inventar mucho más.
Que se invente cosas, que cuando yo vuelva se las escribiré.
Reacciona contento. Adoro esa sonrisa.
Me despido de allí feliz. No hay nada como ver cómo vuelve un poquito de ilusión por la música en un niño. A un niño creativo, además.
Es el momento para Oscar de centrarse en composiciones. Ha desarrollado su creatividad, ahora le vendrá bien verla escrita, fuera de sí mismo. Le ayudará a darse cuenta de que la tiene. De que realmente puede hacer mucho con el piano y con la música.
Meses más tarde, Oscar compone una serie de ideas musicales que combina para convertir en una sola canción. Armonía incluida. La memoriza y la toca en la audición de Junio, delante de su familia, y de otros niños que también aprenden música.
Esta es la grabación que hice con el móvil, de él tocando esa canción, un par de semanas antes de la audición. La calidad es horrible, pero se atisba perfectamente la musicalidad de Oscar, su propia canción, para la cual yo no aporté nada ni cambié una sola nota.
Hubo un día que le puso nombre, pero después se lo quitó. Asi que la canción ahora mismo no tiene nombre.
Iba a escribir conclusiones después de esta historia, pero creo que habla por sí misma.
Te invito a ti a contarme tus impresiones sobre ella y sobre Oscar en los comentarios.
Compártela. ¿No crees que vale la pena?
Tengo pensado escribir otro post sobre el recurso de la composición y cómo trabajarlo. No te lo pierdas, y subscríbete.
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