Hace unos días estuve en una comida familiar en la cual hubo un niño de unos 6 o 7 años. Estaba solo, con sus padres, rodeado de adultos.
Aquel niño fue objetivo constante de preguntas sobre sus conocimientos, como si fuera un exámen, relativos a su edad y su curso escolar. Se le hicieron preguntas matemáticas y prácticas, y se le corrigió en caso erróneo, y se alabó con jolgorio cuando la respuesta era completa y correcta. “¡Qué chico más listo! ¡Muy bien!”
El niño, con una paciencia infinita que me impactó y admiró, contestó con educación, tranquilidad y “buen estar”. Permitió que se le interrogara, juzgara, evaluara, manoseara e ignorara durante las seis horas que duró la reunión de adultos.
Esto se vio en todo momento como algo normal. Lo que tenía que ser. Yo contemplé la escena con frustración, sin saber qué hacer.
Afortunadamente, no era el niño de la familia anfitriona, ni ese niño estudiaba algún instrumento. De lo contrario, habría estado moralmente obligado a exibir sus dotes musicales delante de los invitados.
¿Y si ese niño hubiera sido un adulto? ¿Se le hubiera tratado de la misma forma? Está claro que no.
Imagina la situación: “Hola Juan, me han dicho que eres médico. ¿Y qué tal? ¿Tratas bien a tus pacientes? ¿Y ya sabes qué medicinas le tienes que dar a cada uno? A ver, si yo tuviera diarrea… ¿Qué tendrías que recetarme? (respuesta) ¡Muy bien! Qué listo eres. (Revuelven el pelo de Juan, o recibe dos palmaditas en la espalda, seguido de un par de horas en las que le ignoran, porque están hablando de cosas serias. Juan intenta pasar desapercibido hasta que alguien le dice sin venir a cuento que coma más, que no ha comido suficiente, y le pone la cuchara en la boca.)
Esto, que vemos absurdo, y hasta una falta de respeto en un adulto, lo vemos completamente normal en niños. Y como no se quejan, seguimos haciéndolo.
Y si se quejan, peor, porque se les pondrá la etiqueta de malcriados o maleducados, y se llevarán una bronca.
Parece que los niños no merecieran ser tratados de la misma forma que a los adultos. Los tratamos como una posesión. Estamos por encima.
Podemos hacer lo que queramos con ellos. Algo, en el hecho de que nosotros seamos adultos y ellos no, nos da derecho a creernos superiores y a olvidarnos de que también tienen dignidad.
Para algunas personas, el niño es un muñeco al que se puede manosear, una posesión que exibir, o un ser sobre el que nos creemos con derecho a cuestionar, a evaluar constantemente y a juzgar.
Ver todo esto fuera de mis clases me ayuda a recordarme lo que no debo hacer nunca. Me ayuda a recordarme que no quiero que mis alumnos se sientan así, presionados u obligados por alguna norma cortés a permitir que se les evalúe y se les juzgue porque sí.
Y a veces es tan sencillo como preguntarse: ¿Haría yo esto si este niño fura adulto? ¿Lo trataría igual? ¿Le preguntaría lo mismo? ¿Le presionaría igual?
Yo veo continuamente en mis clases cómo es capaz de mucho (no sólo musicalmente) un niño cuando no se le cuestiona. El potencial que puede llegar a mostrar cuando no está presionado, cuando se siente libre, y sobre todo, cuando se le respeta.
Y me siento respetada. Ningún alumno mío me cuestiona, me trata mal, me grita o me exige. Todos me respetan y respetan mi experiencia. Todos lo hacen porque yo les he respetado a ellos primero. En todas mis clases.
Al final siempre es lo mismo. Cuestión de respeto.
¿Qué opinas? ¿Te has encontrado en esta situación alguna vez? Cuéntamelo en los comentarios
Muy buena, buenísima reflexión. Lo tendré muy en cuenta.
Rosa
Gracias Rosa, me alegra que te haya hecho reflexionar.
Un saludo