La semana pasada hablé de un caso en el cual mi alumna no tocaba, pero seguía llamándome y pidiéndome que fuera a darle clase una vez al mes.
Hablé del respeto a sus decisiones, aunque no coincidieran con nuestras expectativas.
Esta persona, María, es una persona adulta, cogía el teléfono ella misma, y me llamaba.
¿Pero qué pasa con los niños? ¿Podemos imaginar que también quieren que estemos allí? No son ellos los que deciden si volvemos (o si vuelven ellos a clase), porque en la mayoría de ocasiones, son los padres los que cogen el teléfono, o los que los llevan a clase.
¿Y si dejan de tocar?
¿Y si deja de haber avance?
El tema de avanzar… es algo complejo que me apunto para otro post, porque no quiero perder el hilo del principio. Pero plantéate qué significa “avanzar”, y por qué estás empeñado en que avance.
En fin. Tenemos un alumno que no toca, un niño o niña que no practica. Y ves, claramente, que si por él fuera, tú no estarías allí, no le interesa lo que podéis hacer en clase ni tiene intención de proponer algo nuevo.
Probablemente ese niño no quiera seguir dando clase. O puede que sea una mala racha. Es necesario conocer bien a tus alumnos para aprender a apreciar esta diferencia. Pero diagnosticar el problema en el silencio de tu cabeza sin hablar con él, te puede llevar a error; precisamente porque no puedes estar en su cabeza. No sabes realmente lo que pasa.
Cuando a mí me pasa esto, no me ando con rodeos. Pregunto:
“¿Ya no te gusta el piano?”
“No”
Si la respuesta es rotunda, está claro. No quiere seguir tocando el instrumento.
“¿Te gustaría que dejara de venir?”
A esta pregunta es posible que te responda con un encogimiento de hombros. No suelen ser capaces de decirte a la cara que no quieren que vuelvas. Sobre todo si les caes bien.
Esto, normalmente, es una situación dolorosa. Nos toca, es un golpe. Y es un golpe porque nos hemos esforzado al máximo por darle a ese niño lo que necesita, o creemos que necesita, lo que quiere. Hemos intentado transmitirle nuestro amor por la música, por crear un vínculo. Y resulta que no, que no ha sido posible.
No hemos sido capaces.
¿Realmente se trata de nuestra capacidad?
Yo creo que no.
Nosotros somos músicos, amamos la música, y le hemos dedicado cientos de horas, y mucho esfuerzo por ella. Como músicos, no nos entra en la cabeza que un niño no quiera aprender música. Porque “a todos nos gusta la música”.
Basándonos en esta afirmación, y si nuestro alumno quiere abandonar las clases, es que nosotros somos un desastre, lo hemos aburrido, le hemos contado milongas, o los juegos no eran adecuados. No hemos sabido hacerlo bien.
Nos echamos la culpa a nosotros, o peor, al niño, “que es un vago”.
¿Y si, quizá, ese niño quiere dedicar su tiempo a otra cosa?
Que te pongan delante al mejor profesor de japonés del mundo no significa que quieras dedicar tu tiempo al japonés. Puede que no tenga que ver con tu habilidad como maestro, sino con la propia disciplina.
No todo el mundo tiene el interés que tienes tú por el instrumento. Hay niños que sienten pasión por otras cosas; y mientras están en el piano, puede que estén pensando en la estrategia bélica más adecuada para vencer a los hititas en la partida de videojuego que ha dejado a medio para ir a la clase.
O quizá está pensando en construir la estrella de la muerte con lego, o en terminar un dibujo, o en bajar a hacer carreras con sus amigos.
Todo cosas importantes que ha de hacer un niño, necesarias para su desarrollo.
Sí, también hay desarrollo más allá de la música.
Y es necesario respetar a los niños que no escogen la música para sus vidas, por muy maravillosa que a nosotros nos parezca.
Tuve este caso con Rubén. Tenía 6 años. Su hermana tocaba el piano, y ya que yo iba a casa y le daba clase a ella, su madre también quiso que él empezara.
Me di cuenta pronto que no había un interés real por el piano y tuvimos la conversación anterior.
Rubén también me dijo:
“Se lo he dicho a mi madre, pero no quiere <desapuntarme> ”
Su madre no me había comentado nada al respecto, así que hablé con ella al acabar la clase.
“Rubén me ha dicho que no quiere seguir con las clases”.
“Ah, si… bueno… ya me lo ha dicho, pero ya se le pasará. Los niños no saben lo que quieren”
Los niños no saben lo que quieren… Esta es la creencia popular o la excusa perfecta para poder manipularlos y mantenerlos encerrados/ocupados en actividades que realmente no desean, pero que nosotros creemos que son necesarias para ellos.
La madre de Rubén no quiso que dejara de dar clase. Lo sentó conmigo durante unos meses más, hasta final de curso.
Intenté que ese tiempo fuera lo más agradable posible para él. No quería que esa imposición le hiciera tener una relación negativa con el piano y afectara al lejano y posible futuro deseo de integrar la música en su vida.
Sin embargo, puede que haya niños que están pasando por una mala racha, que no se trate de imposición. Si realmente no quieren que te vayas, o es una mala racha, probablemente te lo dirán. No se arriesgarán a encogerse de hombros, y que dejes de ir sólo porque temporalmente ocurre algo distinto.
Preguntemos. No es tan difícil. Y tampoco es un drama que quieran dejarlo, ni significa que seas mal maestro. Es su derecho, es su tiempo. Y sean niños o no, hemos de respetarlos.
Porque, al igual que respetamos a María, mujer adulta, que coge el teléfono cada mes y sigue queriendo dedicar ese poquito tiempo, respetemos a los niños que, aun no teniendo el poder para coger el teléfono, quieren su tiempo para otras cosas.
Y por las mismas razones que no tenemos derecho a decidir si María debe dejar el instrumento o no, tampoco tenemos derecho a decidir por Rubén, o por Oscar, si deben seguir a pesar de que no quieran.
Pero nos cuesta… nos cuesta dejar a los niños en paz.
Seguro que has tenido (o tienes) alumnos así, ¿cómo te ha ido con ellos? Cuéntamelo en los comentarios. Siempre los leo. :)
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