Hemos aprendido de nuestros maestros, o nuestras maestras. Aquellos que nos dieron clase en su día. Nos enseñaron a hacer las cosas de la mejor forma posible.
Esa determinada manera de hacer las cosas nos ayudaba, o no, a seguir aprendiendo. Pero normalmente, si seguíamos con un profesor, nos sirviera o no lo que intentaba enseñarnos, debíamos hacerlo así hasta que aprendiéramos.
Porque él tenía mucha experiencia, y confiábamos en su sabiduría… O porque también aprendió así en su día de alguien experimentado…
Si te servía la manera de hacer las cosas de tu maestro, genial. Todos contentos. Si no, había varios caminos: caer en la frustración, enfadarte con tu profesor, enfadarte contigo mismo pensando que no vales para esto, buscar tu propia forma de hacer las cosas al margen de tu maestro, abandonar el instrumento, cambiar de profesor, o aguantar así sin más haciendo lo que se pueda.
¿Te has encontrado alguna vez en esta situación? Yo sí.
Sin embargo, nosotros seguimos cayendo en la misma trampa. Hemos aprendido que sólo hay un camino, o dos, o tres, de aprender música. Les decimos a nuestros alumnos cómo deben hacer las cosas. La manera de hacer las cosas que nosotros pensamos que es la mejor para aprender. La que aprendimos. La que a nosotros nos ayudó.
Resulta que no, tu forma de hacer las cosas no es la mejor, y la mía tampoco.
Y la del profesor que te enseñó, tampoco lo es.
Ni siquiera la forma de hacer las cosas de tu intérprete favorito es la mejor.
Simplemente, es una forma de hacer las cosas. Una forma de aprender. Y existen miles, millones, miles de millones de formas de aprender (y de enseñar). Y ninguna es mejor. Son todas distintas.
El otro día estuve con Sonia, una alumna ya adulta. Le propuse para mejorar una partitura que tocaba, que la tarareara mentalmente. Algo que yo suelo hacer, y que a muchos de mis alumnos les ayuda. Ella me dijo que no, que a ella le ayudaba más solfear bien la partitura. Que mientras tocaba, solfeaba mentalmente y los dedos llegaban a la nota correspondiente.
Pues bien, adelante. ¿Quién soy yo para decirle que lo que yo le digo es mejor?
Hay tantas formas de aprender, como seres humanos somos en el planeta. A cada uno nos vale una cosa. Y la mejor forma de hacer las cosas de un alumno, será desastrosa para otro, y si solfear una obra ayuda increíblemente a uno, puede que a otro le ayude sólo tararearla. O puede que necesite moverse… o puede que necesite palmear… o puede que necesite otra obra distinta… o puede que necesite tocarla con otro instrumento… o puede que necesite escucharla de tu mano… o vete a saber…
Y la mejor forma de hacer las cosas, es una de esas maneras que en ese momento, o con esa persona, es la mejor. Le ayuda y le sirve.
Porque todos somos distintos y todos aprendemos de forma distinta.
¿Cuál es tu función, entonces, como maestro?
Conocer a tu alumno y conocer tantos recursos como sea necesario para poder proponerle todo lo posible cuando él entre en bache. Cuando tenga un pequeño problema, cuando tenga errores que él no vea, cuando no sepa qué hacer. Ten guardadito un arsenal de posibilidades, de recursos. De cosas que pueden, o no, ayudarle.
Jamás te centres en una forma de enseñar. O en la tuya. A ti te ayudó, pero eso no significa que ayude a todos los demás. Todos sabemos que todos somos distintos. Nos lo han dicho muchas veces, y lo vemos sin parar. Sin embargo, resulta que actuar en consecuencia no es tan fácil. Cuesta pensar que una misma forma no ayuda a todos, que hay que pensar en muchas, en muchos. Cuesta buscar recursos distintos, cuesta salir de la zona de confort de donde tú aprendiste. Cuesta salir de la posición de poder en la que tú decides todo, donde tienes el control.
Abre tus miras. Permite. Las palabras “no… hazlo mejor así, ya verás como te va bien”, cuando un alumno ya te ha contado cómo hace las cosas, son peligrosas. Hay que hacer un uso muy cuidadoso de ellas, y conocer profundamente las necesidades de tu alumno para negarle un camino y decirle que coja otro. El tuyo.
Cuando propongas una forma de ayudar, de estudiarse algo, de practicar, de mejorar técnicamente. Estate atento a cómo reacciona tu alumno. Si tiene confianza suficiente contigo, te dirá que lo que le ayuda es algo concreto. Si no…
Pregunta, indaga, observa… escucha.
¿Cuál es tu experiencia? ¿Cuál es tu “mejor” forma de hacer las cosas? ¿Alguna vez te has encontrado con alumnos a los que no les ayudaba esa forma? Cuéntamelo en los comentarios. Siempre los leo ;)
- Mi Ebook: "Los tres pilares de la motivación en la enseñanza del instrumento"
- Todas las ideas y recursos que publique directamente en tu bandeja de entrada.
Hola Rocío!! Hay tantas formas de aprender como alumnos :-)
Así es, Sara. Por eso no debemos enseñarles a todos de la misma forma. Un saludo, guapa ;)